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El islam declara la guerra a Europa: Sólo un ascenso imparable de la extremaderecha puede dar la voz de la rebelión y salvar a Occidente

Posted by Noticiario centro de Andalucia en 07/01/2015

En el macroatentado terrorista que ha sufrido la redacción del semanario satírico ‘Charlie Hebdo’, con al menos doce muertos

ANDALUCIA/INTERNACIONAL

Lo más inquietante es la falta de respuesta de la clase política o el sinsentido de la respuesta en ese consenso suicida de la estupidez compartido por socialistas y conservadores. Hemos perdido doce héroes.

El asesinato en sí por su brutal inhumanidad sería la inhabilitación de cualquier idea, de la islámica en cuyo intrínseco fanatismo se ha perpetrado.
Macroasesinato evitable como tantos en aras de la ceguera autoimpuesta por lo políticamente correcto a un Occidente que se tambalea por ese consenso suicida de la estupidez. De los degenerados asesinos nada se sabe. Muchos habían alertado sobre la voluntad criminal del yihadismo en Francia. Los servicios de seguridad, que más bien lo son de inseguridad, habían llegado a la conclusión de que no era peligroso. Sería para que no les llamaran racistas.
La desprotección en Europa es una imposición del sistema, un corolario perverso de la declaración de los políticos respecto a los musulmanes como su grupo mascota por excelencia. Desde la masacre en Londres del 7 julio de 2005 se han incrementado sustancialmente los presupuestos de los servicios de información, pero lo que no ha variado ha sido ese velo que cubre al islamismo contra todas sus evidencias genocidas. Nunca en la historia de la Humanidad se ha producido una impostura tan colosal, una desprotección moral e intelectual tan completa.
La intervención de François Hollande ha sido una exaltación en estado puro de ese consenso suicida de la estupidez. Para Hollande, el acto criminal habría sido “una traición al Islam”. Cualquier musulmán o quien haya leído El Corán habrá pensado de inmediato en que Hollande es un perfecto idiota. La secta mahometana promueve y ensalza el asesinato, tanto del no musulmán como del apóstata; el integrismo sólo añade que la mayoría de los musulmanes han apostatado y se encuentran en el estado de paganismo anterior a la predicación de Mahoma.
La segunda idea de Hollande fue llamar a la concordia entre las comunidades. Nunca había escuchado una proclamación tan certera y obscena del presunto final de Francia como sociedad abierta, a la que es extraña la existencia misma de comunidades. Y para redondear los despropósitos, Hollande enfatizó la aportación de la “comunidad musulmana” a su país. Esotérica aportación, ignota, salvo este alevoso crimen en plena calle de París.
En Francia, la llegada masiva de musulmanes fue una decisión consciente de los socialistas, un proceso de ingeniería social para descristianizar la nación, para modificar sus bases o regularidades, su textura vital, para convertirla en una sociedad multicultural; es decir, para desgtruirla. Están publicados los papeles en su día secretos del partido de Mitterand. En España llegaron con Aznar y con Pujol (frente a los castellano-parlantes) y al reclamo del falso Estado asistencial con la renta mínima de inserción montado por Eduardo Zaplana, en los tiempos en que Mariano Rajoy era ministro de Interior. La intervención de Hollande confirma ese consenso suicida del que participan socialistas y conservadores.
No me constan demasiadas condenas oficiales del crimen contra el semanario ‘Charlie Hebdo’, ninguno de esos comunicados rutinarios de los partidos, sólo una nota de la Unión Europea alertando frente a brotes de racismo y xenofobia…contra los musulmanes. Nunca está de más la admonición, pues racismo y xenofobia son execrables, contrarios a la sociedad abierta, pero resulta que el crimen de París es un evidente acto de xenofobia extrema y en la línea de la absoluta xenofobia del islamismo, cuyas relaciones con los no musulmanes están concretadas en la aleya coránica de la espada: “Matadlos allá donde los encontréis”. Soberana estupidez de la Unión Europea que es incapaz de ver la xenofobia manifiesta para execrar la no manifestada.
La islamización como proceso de ingeniería social es general en Europa. Arde Estocolmo, la pacifista, atrapada en su generoso derecho de asilo, con musulmanes somalíes incendiándolo todo ante la pasividad de la policía y la ineptitud de los políticos, que nunca van a reconocer su culpa en la situación artificialmente generada. Por toda Europa, por sus ciudades más emblemáticas, hay guetos donde ha desaparecido el imperio de la Ley, polvorines armados con subvenciones y ayudas, que no se pueden mantener y que nunca debieron existir. Hay un chantaje de la violencia irrestricta para saquear y desarmar a las sociedades europeas con la complicidad de sus falsos líderes morales y con la protección de los gobiernos.
Por eso, cómplices tanto socialistas como conservadores del suicidio, partícipes del consenso suicida de la estupidez, no queda otra opción que la extremaderecha. Utilizo el término tal como lo usa el sistema sin su carga peyorativa, sabiendo que la definición geométrica es simplista y que sus corrientes son varias y dispares. Es precisa la extremaderecha sea como revulsivo, como la ruptura de ese consenso, como el grito de unas sociedades que no están dispuestas a morir.
Porque lo que se han generado son las bases de un conflicto sangriento de grandes dimensiones que es preciso parar y aún hay tiempo. Aún está la oportunidad de las elecciones al Parlamento Europeo en 2014 que han de ser un grito de todas las naciones contra este suicidio absurdo e inducido. Esos guetos subvencionados, esos grupos mimados por la asistencia social (el 60% de los varones marroquíes residentes en España están en paro) no se pueden seguir sosteniendo mediante la depredación de las posibles víctimas y, por ende, por este camino, bajo estos políticos, tanto socialistas como conservadores, la situación tenderá a empeorar y mucho.
En sí, el macroasesinato de París muestra el fracaso del integrismo; reducido a la operatividad de lo que se ha dado en llamar lobos solitarios; una de las estupideces del sistema que dice estar enfrentándose a un nuevo tipo de terrorismo, cuando es simplemente el islamismo, musulmanes que ponen en práctica el precepto del asesinato contra el denominado infiel. Sé muy bien que, con la complicidad culpable de la educación y el periodismo, de los profesores y los periodistas, no se ha explicado a las poblaciones, a las gentes, los peligros que el islamismo representa, ni su condición, ni sus sencillos e inhumanos e inmorales preceptos. He tratado de combatir este oscuro camuflaje con mis libros “Islam, visión crítica” y “Chueca no está en Teherán”, porque están en peligro los ateos, los agnósticos y los homosexuales, los primeros de ellos, los socialistas y los conservadores, aunque ellos viven en urbanizaciones de acceso restringido y fuerte seguridad, creadores al tiempo que administradores del conflicto. Antes que reconocer su error están dispuestos a que haya más víctimas; a que se pueda gritar por las calles y las mezquitas la voluntad genocida, para luego seguir desarmando a las víctimas.
Es necesario que Europa despierte y exija responsabilidades por esta inmensa traición y, aquí y ahora, ese despertar sólo puede darse por un ascenso significativo de la extremaderecha en todas las naciones, también en España, que ponga coto y fin al consenso suicida de la estupidez. No lo digo como provocación, sino como llamamiento, desde mi amor a la libertad y a la Europa posible, a la civilización occidental a la que me honro en pertenecer.
Porque todos, socialistas y conservadores, hablan el mismo lenguaje de ese consenso suicida y exhiben la misma estupidez enervante. El ministro del Interior francés, Manuel Valls concede una entrevista a una de esas biblias degradantes de lo políticamente correcto, “El País”. Es oriundo de españoles. Es una emigración que conozco bien porque hay muchos protagonistas en mi familia. No iban a imponer, no iban a delinquir, no predicaban el asesinato de quienes les acogían. Iban a salir adelante y a sacar adelante a sus familias. Pues bien, Manuel Valls muestra su intensa preocupación porque “el inmigrante musulmán es hoy el chivo expiatorio de los populismos, de la extrema derecha en Francia y en Europa”, de modo que “me preocupa el creciente rechazo a los inmigrantes musulmanes”.
Consenso suicida de la estupidez en estado puro; los musulmanes como grupo mascota de los políticos, de modo que el asesino múltiple que mató en Francia a siete entre soldados y niños judíos era un mero radical que para nada interpela al islamismo. Ningún emigrante español, y que se me perdone la comparativa, hizo algo similar ni se le pasó por la cabeza. Luego algo habrá de intrínsecamente malo en la secta mahometana, porque los que sí fueron chivos expiatorios en sentido trágico fueron los soldados y los niños judíos. Francia es un archipiélago de guetos insostenibles. Cientos de “franceses” van a Siria a combatir. Y todavía es preciso alimentar el complejo de culpa de las víctimas.
¿Habrá razones para ese rechazo del “inmigrante musulmán”? Porque después de tantos asesinatos –en España la terrible masacre del 11 de marzo de 2004 con 192 muertos, ocultada la autoría islamista por los voceros del PP-, de tantas amenazas a la libertad de expresión, de tantas proclamaciones genocidas, los europeos perciben que se les está llevando, desarmados, a un suicidio colectivo y se han hartado de ese consenso suicida de la estupidez.
Porque un día después de mostrar tan beatíficas preocupaciones el ministro del Interior francés, lo que se produjo en París fue el intento de degollamiento de un militar en París; degollamiento que es la manifestación última y más execrable de racismo y de xenofobia, pues se pretende un sacrificio halal, la consideración de que la víctima es un animal, el chivo expiatorio sin metáfora. Ese rechazo está fundado y es razonable, sobre todo hacia los asesinos radicales, como autodefensa, toda vez que los políticos al uso, tanto socialistas como conservadores, no sólo desarman a las víctimas sino que encima insultan su inteligencia y les quieren obligar a no ver lo evidente, por la sencilla razón de que la clase política europea en su conjunto es culpable; y lo evidente es que con una demografía expansiva y subvencionada, sin aportar nada, aprovechándose de los carísimos servicios públicos y hundiéndolos para todos, lastrando la economía, al menos una parte de los musulmanes parecen haber sido inducidos a pensar que los europeos son tan estúpidos como lo son sus políticos y dan a entender estos. Políticos que, se acumulan los indicios, con frecuencia están comprados con el dinero saudí y de las petromonarquías. Eso es evidente en España en la jefatura del Estado.
Tengo muy buenos amigos palestinos e iraquíes. No son musulmanes. Estas gentes merecen todo el respeto. Combato las ideas, no las razas, ni los orígenes nacionales. Otro absurdo histórico es el de una emigración que supuestamente huye del fracaso de sus sociedades pero que quiere imponer sus bárbaras y atrasadas costumbres. Hay ya una ministra en el Gobierno de Italia defendiendo la legalización de la poligamia y barrios de Europa donde impera la sharia. En Holanda se hacen razias medievales desde los barrios “musulmanes” hasta los de los homosexuales. Son los musulmanes los que están planteando problemas a la convivencia y por eso la extremaderecha, en su ascenso necesario, se presenta como el grito de rebeldía de una sociedad, de unas naciones que no quieren sucumbir y para ello deben arrumbar tanto a socialistas como a conservadores, a ese consenso de lo absurdo degradante.
Porque vemos que se radicaliza la segunda generación, sin futuro, drogodependiente de unas ayudas estatales que nunca debieron existir y que ahora, simplemente, no pueden mantenerse. Que la demografía expansiva musulmana incrementará el conflicto latente en un horizonte inmediato. Ni se puede conceder ni se puede permitir mantener la nacionalidad a quien predica o es partidario del asesinato de los europeos. Los viejos europeos están sufriendo el racismo y la xenofobia contra ellos en sus propias naciones y encima están siendo todo el día acusados por sus políticos y sus medios de comunicación prostituidos de racistas y xenófobos. No hay otra integración que el trabajo y la otra alternativa es la expulsión. Tolerancia cero con los integristas, por supuesto.
Los hispanoamericanos pertenecen a nuestra misma cultura, tienen nuestra misma religión, se mueven en los parámetros de la civilización occidental; siento hacia ellos una lógica fraternidad. Por supuesto, no hacia grupos de delincuentes organizados como los Latin Kings o los Ñetas. Ninguna sociedad admite la llegada ni la instalación de delincuentes. Sólo en este tiempo de degradación y decadencia, pero los culpables son los políticos. Y hay que ir a por ellos.
No pertenezco a la extrema derecha, y quizás en el futuro tenga que confrontarme con ella si se sale de la defensa de valores e ideas para enfangarse en simplismos etnicistas del cientificismo decimonónico. Sólo un ascenso imparable de la extremaderecha puede dar la voz de la rebelión contra el consenso suicida de la estupidez mantenido por una casta parasitaria que ha jugado al filoislamismo, al multiculturalismo y a la ingeniería social y que lejos de enmendar su error, y reconocer su fracaso, persiste en sus anatemas abracadabrantes, en sus admoniciones inconsistentes y cegatas.
En España sería deseable o una nueva oferta superadora e integradora o una coalición articulada de partidos patrióticos, desde el socialcristianismo de Alternativa Española a Soluciona, sobre puntos comunes, dejando en el desván las viejas rencillas y los debates ora históricos ora de pureza ideológica esterilizante cuando se trata de abrir puertas al sentido común y sobrevivir. Lanzo el guante porque, aquí y ahora, frente al consenso suicida de la estupidez de socialistas y conservadores, en esta etapa postPP, con ese partido en proceso de autodestrucción irreversible, con un Podemos cada vez más encanallado y con el PSOE moribundo sin renovación posible, no hay otra opción que la extremaderecha.

Noticia original: Diario alertadigital.com

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