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´El collar de la paloma´ – ¿Alguna vez creyó Felipe González en la autonomía de Andalucía?

Posted by Noticiario centro de Andalucia en 27/09/2015

 

ANDALUCIA/CATALUNYA

Aquella mañana Adolfo Suárez nos sorprendió a todos recibiendo en la Moncloa al presidente de la preautonomía de Andalucía, Rafael Escuredo, un hombre efervescente que quería ir más allá de lo que el PSOE nos decía en Madrid.

 

El comité ejecutivo de UCD no había sido informado de ese encuentro. Escuredo salió muy ufano. Emulando a Josep Tarradellas, dijo a los periodistas que su entrevista con Suárez había ido muy bien y que el presidente se había comprometido a no obstaculizar el referéndum sobre la autonomía andaluza por la vía rápida del artículo 151 de la Constitución. El referéndum tendría lugar el día 28 de febrero de 1980. Al poco, llamó Alfonso Guerra a mi despacho. Estaba molesto y sorprendido. Me dijo: ´No era esto en lo que habíamos quedado…´”.

Al habla Rafael Arias-Salgado Montalvo (Madrid, 1942) a la sazón secretario general de la Unión de Centro Democrático. El señor Arias-Salgado, cinco veces ministro (su última cartera fue la de Fomento durante la primera legislatura de José María Aznar), tiene un especial interés en puntualizar que Alfonso Guerra no fue el padre del café para todos.”Usted escribió hace unos días en La Vanguardia que Guerra, en uno de sus giros tácticos, dio la orden al PSOE de envolverse en la bandera de Andalucía para romper el trato diferencial a Catalunya, el País Vasco y Galicia. Es verdad que esa acabó siendo la apuesta del PSOE, pero yo no lo atribuiría a un maquiavelismo de Guerra. Todo fue un poco más complejo. Tenga en cuenta que la presión política de las élites locales era elevada. Más fuerte de lo que se cree. Ese es un dato que muy pocas veces se tiene en cuenta al hablar de la transición. En Galicia, por ejemplo, esa presión complicó mucho la elaboración del estatuto.”

José Rodríguez de la Borbolla Camoyán ha pertenecido desde la cuna a la élite local sevillana. Su bisabuelo fue ministro de Alfonso XIII y su abuelo alcalde. Una de las avenidas de la ciudad lleva su nombre. Con ese apellido de vagón doble participó en la refundación del PSOE y ejerció la presidencia de la Junta de Andalucía durante seis años, desde 1984 hasta que un día, en 1990, paseando por los jardines de la Moncloa, Felipe González le puso la mano en el hombro y le dijo: “Pepe, he pensado que lo mejor es que no te vuelvas a presentar”. Guerra se la tenía jurada, Podía haberlos mandado al infierno, pero mantiene una fidelidad jesuítica al partido. “En los jesuitas – escribió una vez Antonio Burgos, prosista sevillano de Abc-,Borbolla había aprendido muchas cosas: el afán por la excelencia, la disciplina, una voluntad de austeridad. Lo malo es que ni las había olvidado ni las sabía disimular”.

Borbolla tampoco está de acuerdo en atribuir la paternidad del café para todos a Alfonso Guerra; ni siquiera le gusta la expresión, que considera malévola y despectiva.

Me lo explicó el domingo pasado en Sevilla y lo transcribo, con una advertencia al lector: siento amistad por él, creo que es un hombre de una pieza, me place llamarle cada vez que tengo la oportunidad de viajar a Sevilla, pero abrigo, desde hace tiempo, la sospecha de estar ante el principal responsable del cafetal. Este sevillano con pose de califa que se entretiene pronunciando las sílabas andaluzas como si pasease un domingo por la tarde por la suave orilla del Guadalquivir, conoce los planos del artefacto español. Seis años presidente de la Junta de Andalucía. Construyó el ingenio y cuando faltaba muy poco para la celebración de la Expo de Sevilla, González le puso la mano sobre el hombro una tarde en los jardines de la Moncloa. La Expo la controlarían otros.

Me dijo el domingo: “No puedes atribuir la autonomía de Andalucía al tacticismo del PSOE. No, no, esa es una visión muy sesgada. En el congreso de 1976, que el partido celebra en una situación de semilegalidad, ya se habla de la autonomía como un derecho deseable para todos los pueblos de España. Norma, no excepción. Había tres vías posibles: mantenernos en un centralismo ligeramente corregido con regiones a la italiana; cultivar el particularismo de Catalunya y el País Vasco, y acaso Galicia, con una tímida descentralización para los demás, o avanzar hacía una España federal con los mismas posibilidades para todos. En el congreso de 1976, el PSOE da un paso en esa dirección; en la dirección que había teorizado Anselmo Carretero”.

– ¿Anselmo Carretero?

– Sí, Anselmo Carretero, segoviano, socialista federal, autor del libro Las nacionalidades españolas,el hombre que acuñó la idea de España como nación de naciones.

– Perdona, pero dudo que en 1976 mucha gente del PSOE recién reconstituido supiese quién era Anselmo Carretero.

– Algunos lo sabíamos.

– A Alfonso Guerra le debía de parecer un marciano.

– Sobre este particular la verdad es que no te puedo responder.

– ¿Alguna vez creyó Felipe González en la autonomía de Andalucía?

– Más bien poco.

– Entonces, podemos llegar a la conclusión de que el 28 de febrero de 1980 fue la culminación de un movimiento táctico del PSOE para romper la pinza que sobre él ejercían la UCD con acento andaluz de Manuel Clavero Arévalo y el Partido Socialista de Andalucía, de Alejandro Rojas-Marcos, el gran tribuno sevillano de los años setenta, por el que González sentía una notable antipatía. Rojas-Marcos había estado en la cárcel durante el estado de excepción de 1971 y el joven Isidoro sólo pisó la comisaría durante unas horas en 1974, donde lo trataron con guante de seda. Los policías ya sabían que a aquel abogado no se le podía tocar ni un pelo. Era el hombre elegido por los alemanes para que en España no hubiese una transición fuera de control como la de Portugal en 1974; esa revolución que puso los pelos de punta a Henry Kissinger y a punto estuvo de desembocar en guerra civil. Rojas-Marcos se creía el héroe democrático de Sevilla, el tribuno de una nueva Andalucía, y González, el hombre llamado por el destino. Dos egos de primera magnitud.

Quizá el actual pastel autonómico se lo debamos a la competición entre ambos.

Borbolla escucha la perorata con unos ojos entornados de califa al atardecer, Habla Abderramán III: “Simplificas demasiado. Has de tener en cuenta que, sin saber lo que era la autonomía, mucha gente en Andalucía no tenía ninguna intención de quedar detrás de Catalunya y el País Vasco. Y pasas por alto una cosa aún más importante. En el restablecimiento de la democracia hubo gente situada en varios niveles. La primera línea se fue a Madrid – González y Guerra, al frente-y una segunda línea se quedó más cerca de casa. Yo formaba parte de esa segunda línea. Escudero, también. Esa segunda línea fue decisiva en el empuje de la autonomía andaluza. Yo no te diré que González y Guerra estuviesen entusiasmados con nuestros planteamientos, pero no es verdad que existiese un pacto secreto entre las cúpulas del PSOE y UCD para frenar la autonomía andaluza, que, como bien sabes, fue promovida desde los municipios”.

La segunda línea. El empuje de las élites locales de la que el lunes me hablaría Rafael Arias-Salgado. La ley electoral de base provincial, protegida por la Constitución, estimulaba esas élites. Un sistema electoral mixto con circunscripción nacional, al modo alemán, las habría diluido (esa es la reforma constitucional con la que algunos sueñan ahora en Madrid). España siempre ha sido un país de juntas. La fenomenología misma de la transición conducía al fortalecimiento de las fuerzas políticas locales. A excepción del Partido Comunista de España, con una estructura clandestina de acero que, de una manera u otra, tenía detrás a la Unión Soviética, los grupos de oposición tuvieron en la España franquista una vida muy fragmentada. Eran focos. El PSOE estaba hibernado. La sociedad fue despertando lentamente y la autonomía pronto interesó – en toda España-a los grupos sociales entonces emergentes: los jóvenes universitarios en busca de horizonte y los nuevos empleados públicos (abogados, médicos, maestros, profesores de instituto y de la universidad…)

Viví en Almería entre 1979 y 1980 (servicio militar en la brigada de infantería de Viator, catorce meses cuerpo a tierra defendiendo los Campos de Níjar y el Cabo de Gata de una hipotética invasión berberisca, más unos inquietantes ejercicios de control del orden público) y puedo dar fe que el autonomismo ilusionaba a los jóvenes andaluces; también en Almería la provincia en la que el referéndum del 28 de febrero fracasó – UCD pedía la abstención-y que tuvo que ser incorporada a la nueva comunidad por un decreto de “interés nacional” previsto en el artículo 143 de la Constitución.

“No vamos a ser menos que vosotros los catalanes”. Ese era el sentimiento imperante entre mis amigos almerienses. Una honda sensación de agravio. El espejo reflectante de la emigración. Un sentimiento de culpa. La emigración – la emigración a Barcelona, particularmente-fue un coagulo muy importante de lo andaluz en España. Los héroes fusilados por los falangistas: García Lorca y Blas Infante. Un perceptible influjo católico (el libro Noticia de Andalucía, escrito en 1970 por Alfonso Carlos Comín, con un titulo que parecía dar la réplica al Notícia de Catalunya de Jaume Vicens Vives). Un andalucismo sensual e islamizante, en un tiempo de mitificación de la cultura andalusí. La bandera verde y blanca de los Omeyas, las visitas extasiantes a la Alhambra de Granada (en Almería, las magníficas vistas desde la Alcazaba) y los refinados versos de amor de El collar de la paloma,del poeta cordobés Ibn Hazm, que mereció la atención de don José Ortega y Gasset. Lo árabe era culto, elegante y sutil. Había estallado la revolución en Irán, los soviéticos ya combatían en Afganistán, pero casi nadie en España había oído hablar de la Yihad.

Sentados en ese sustrato político, cultural y sentimental, PSOE, UCD y PSA – Suárez, Clavero, González, Guerra, Escudero, Rodríguez de la Borbolla, el tribuno Rojas-Marcos…) jugaron una partida de ajedrez que ríete tú de los tableros de marfil del califa de Bagdad. Escudero, el socialista de pelo ensortijado que clamaba en los mítines que la política es poesía, fue el caballo audaz con el que el PSOE rompió la pinza Suárez-Clavero-Rojas Marcos. Ganador de las primeras elecciones regionales, fue defenestrado al cabo de un tiempo sin que nadie le pusiera la mano sobre el hombro. En un diario salió publicada la historia de un chalet y el poeta de pelo ensortijado captó el aviso. Se había formado cola en toda España para seguir la senda rápida de Andalucía y en los cuarteles aún se llevaban las manos a la cabeza.

 

Noticia Original: Diario La Vanguardia – Por Enric Juliana

http://www.radical.es/historico/informacion.php?iinfo=18088

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